Libros: “Amor y anarquía. La vida urgente de SOLEDAD ROSAS 1974-1998”. Martín Caparrós.

Publicado: 15/04/2017 en libros
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Sobre las biografías:

Me preguntaba cómo se arma una vida. ¿Con qué pequeños datos y grandes decisiones se va trazando ese retrato que, alguna vez, será lo que quede de esos años? ¿Piensan los hombres, las mujeres en el dibujo de sus propias biografías cuando toman ciertas decisiones, determinadas vías? ¿O sus vidas más que nada les suceden, se transforman en su historia cuando ya son historia, cuando no hay mucho que se pueda cambiar salvo el relato? Me preguntaba: ¿Quién arma cada vida?
Me lo pregunto sin saber la respuesta, sin saber si la respuesta me sirve para algo: sin respuestas.

[…]

Me pregunto cómo se empieza a delinear un personaje. Veo que van apareciendo por fin algunos temas y me pregunto qué tenemos, ahora, qué por el momento. ¿Una chica insegura, generosa, agresiva, bonita, tímida, atrevida buscándose un lugar en el mundo? ¿Buscando su lugar en el mundo? ¿Un típico exponente clase media porteña barrio norte? ¿Un típico exponente aburrimiento juvenil sin horizontes? ¿Un típico exponente hija protegida tratando de romper? ¿Un típico exponente chica argentina chocando contra los muros de la patria? ¿Un típico un carajo, los exponentes son simplificaciones? ¿Una chica de la que nunca sabremos realmente nada, como de nadie, como siempre, aunque vayamos suponiendo, atribuyendo, dibujando perfiles que pueden, incluso, parecer posibles? Debe ser espantoso, imagino, caer en manos de un biógrafo aprendiz.

Squatters/Okupas/Anarquismo:

«Sabemos que, frente a la imposibilidad de usar la violencia ciega de sus brazos armados —en este caso la Municipalidad no podría soportar una imagen de represor brutal—, el poder ofrece regalías a sus ciudadanos más turbulentos, los cuales se jactan de “conquistas” y “victorias” que son, al contrario, la expresión de la pérdida de la carga  subversiva y la adhesión al espectáculo del dominio. En Turín la Municipalidad está utilizando negociaciones y tolerancia para reducir la subversividad de los squatters a un espectáculo, a una gestión de lo alternativo, a un diálogo democrático».

Los okupas terminaban diciendo que no se iban a convertir en «buenos muchachos» sólo para conservar sus casas y que por eso se oponían tanto a los desalojos como a la legalización de las ocupaciones: que no querían permitir que «las instituciones corrompieran el carácter genuino» de sus proyectos, que querían seguir decidiendo por sí mismos sin delegación y «sin preocuparse por la frontera entre lo legal y lo ilegal. Es mejor volver a la calle que vivir en un lugar obtenido vendiendo parte de nuestra libertad individual, o toda ella», decían. Aunque exponían un peligro: si algunos ocupantes aceptaban el diálogo con las instituciones, los que seguían negándose quedaban «como los malos de la película, expuestos al peligro de una represión militar legitimada frente a la opinión pública “democrática”». La visión era acertada, pero tardaría unos años en terminar de confirmarse.

(Tuttosquat, el diario malandrín de los squatters de Turín […] En su número cero publicaban un editorial: «AHORCAREMOS A BAMBI (con sus propias tripas)»)

Sobre el suicidio:

Albert Camus dijo que «no hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio». Y así fue desde casi siempre, pero ninguna escuela le dio tanta importancia como los estoicos. Para Séneca y los suyos, el hombre no podría resistir el vacío de la vida si no tuviera la libertad de suicidarse. Esa posibilidad de liberación de esta vida lo ayuda a llegar al día siguiente: si no se mata es porque lo sostiene la convicción de que puede hacerlo cuando quiera.

«El pensamiento del suicidio es un consuelo poderoso. Ayuda a pasar bien más de una mala noche», escribió Friederich Nietzsche. Muchos siglos antes le habían preguntado a Agis, rey de Esparta, cómo podía un hombre vivir libre: «Despreciando la muerte», contestó. Hay, en la partida de Edoardo Massari, ecos de esa vieja sentencia —si la mejor forma de despreciar la muerte es internarse en ella, no temerla.

Pero no sólo en esos casos el suicidio es político: no hay mayor rechazo a este mundo, a una forma de vida, que matarse. Es una negación completa, no una forma de entablar una negociación, de iniciar un diálogo; es, más bien, la forma de cerrar todo diálogo: de negarse a contestar cualquier pregunta. Sobre todo cuando el suicida no deja escritos que lo justifiquen.

[…] el suicidio es la pregunta pura, que cierra en ella misma la expectativa de cualquier respuesta. El suicidio nos deja sin palabras: nos habla demasiado.

 

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