“Demahir”. Un relato de frikificción, by txema. (Primera parte)

Publicado: 15/08/2010 en personal
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I.
Había llegado a la colonia con algo de retraso. El trayecto desde la base de Nueva Ártica en la que estaba confinado desde hacía casi dos años no era largo, pero sí lo suficiente para que la mezcla de neurotransmisores tranquilizantes que se introducía en el aire de los habitáculos en los que viajaba me dejaran levemente atontado. La atmósfera fría de la terminal de la colonia me devolvió rápidamente a la realidad vigilante.
La terminal, caduca y destartalada, soportaba un continuo trasiego de transportes que entraban y salían, engullendo o escupiendo de sus entrañas a todo tipo de entidades vivas multiformes. Los ciclos de polvo estelar con su acumulación de lluvia de estrellas provocaban una curiosa reacción en todas esas entidades de vida, que parecían enloquecer y se movían compulsivamente de unas colonias a otras para volver a su punto de origen en poco tiempo. Los transportes tendían a saturarse durante esos ciclos y los problemas se encadenaban unos a otros. No era extraño que se produjesen bastantes muertes ya que los sistemas acumulaban errores en el control de las rutas punto a punto y algunos transportes se perdían, arrastrando a sus pasajeros, que quedaban desconectados del metaverso. Sin embargo esto no parecía preocupar excesivamente a nadie y a cada ciclo volvía a repetirse la siniestra secuencia.
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Me había citado con Ian y Spi en la colonia. Los tres trabajábamos en una pequeña corporación en la que no se exigía una previa evaluación sicosiquiatriconeuronal. Esas evaluaciones se habían mejorado mucho y eran un requisito normal para que cualquier entidad pudiera conectarse al metaverso, pero nuestra corporación pertenecía a una nueva generación de conectores que experimentaba en las interacciones difusas surgidas a partir de las ciencias del caos. Total, que ni nosotros mismos sabíamos muy bien cual era nuestro modelo de referencia conductual y, en cierto modo, eso nos hacía sentirnos como exploradores de los nuevos pliegues detectados recientemente en el metaverso, sobre los que trabajábamos. Nuestra corporación no era la única que se movía en esos parámetros pero fue la primera en introducir las metodonologías y la intuición atemporal en su estructura organizativa. El resto de corporaciones nos miraba con una mezcla de recelo, algo de temor y mucho desdén, pero también con una envidia anhelante. No en balde, si nuestra corporación consiguiera cartografiar alguno de esos pliegues nuestra ventaja en la colonización sería enorme. El ciclo del demahir se estaba agotando antes de lo previsto en las predicciones de la IA.
El demahir se había propagado exponencialmente a partir del desarrollo de los primeros robocuánticos, que barrieron en poco tiempo con todo el engranaje tecnológico del siglo XXI. Los robocuánticos permitieron rediseñar absolutamente todas las formas de interacción entre las entidades biológicas y aunque ese rediseño se inició a partir de las bases cognitivas vigentes en ese momento pronto los robocuánticos introdujeron elementos metaevolucionados en el proceso y éste dejó de ser “totalmente” controlable, lo que había dado lugar a la aparición de los primeros metaversos reales a partir de la primera mitad del siglo XXII.
Los robocuánticos habían hecho posible dotar de estructuras coherentes a las caóticas trazas de las interacciones entre entidades vivientes dispersas, reintroduciendo en el sistema global elementos perfecta y naturalmente decodificables, inteligibles para casi cualquier entidad biológica elucubrante. Al principio se creo una excitación enorme pero pronto se comprobó empíricamente que los nuevos elementos no eran fácilmente asimilables, por muy inteligibles que fueran, y aún cuando se consiguió extender el tiempo de vida biológico hasta los 120-130 años eso no hizo más que empeorar las cosas ya que en un periodo vital único los robocuánticos podían vomitar cientos de nuevos elementos disruptores que transformaban radicalmente el entorno cognitivo general. Al parecer la puta realidad no sabía nada de robocuánticos por mucho que estos se afanaran en decodificarla.
La extensión de la vida unido a la progresión exponencial de los nuevos elementos disruptores, catalizadores de cambios profundos en las estructuras y modos cognitivos, acumulaba en un único ciclo vital, en una sola vida, las experiencias que apenas un siglo antes hubiera necesitado de tres generaciones. El cerebro elucubrante no había podido desarrollar con la misma velocidad la capacidad necesaria para integrar esos cambios y las extensiones robocuánticas no habían dado todavía resultados tangibles. El miedo a la hibridación frenaba todavía el desarrollo de las entidades biorobocuánticas, pero no tardarían en llegar.
Sea como fuere, Ian y Spi volvieron a darme un plantón que me obligó a permanecer en la terminal durante más de dos horas. Los CCC (Cuerpos de Control Colonial) llevaban un buen rato vigilándome discretamente mientras deambulaba por aquel abigarrado espacio. Unos días antes tres miembros de la Resistencia Milenaria, muy activa en esta colonia, se habían cargado a cuatro CCCs, así que cuando Ian y Spi llegaron respiré aliviado y me introduje con ellos en el transporte local. Nos habíamos citado para ir juntos a buscar blusmok, una especie de marihuana modificada genéticamente. En la base los días transcurren muy lentos y aburridos la mayor parte del tiempo y además, pronto empezaría el larguísimo invierno de Nueva Ártica que dejaba sólo unas pocas horas de luz al día y mucho viento helado.
Fuimos directamente donde Stud, cerca de un ramal de la periferia de la pequeña colonia. Stud hacía inserciones holográficas en el aura. Vivía en su estudio, un espacio grande que ocupaba toda un área de contenedores ensamblados en dos alturas. El estudio y la zona de alrededor atraía a bastante gente que se agrupaba en torno a las obras expuestas como reclamo, haciendo preguntas sobre la técnica y precio de algunos holograuras o la forma de activarlos. Subimos directamente a uno de los contenedores superiores del estudio y nos desparramamos sobre el enorme espacio en torno a una mesa redonda baja y transparente, en los mullidos legomohadones de caucho sintético que cambiaban de color en función de la música, temperatura corporal u olores. El fondo de la sala lo ocupaba una pared de plasma en la que se estaba proyectando un holovideo musical. Entre los legomohadones se arrastraban un par de serpientes, clones inofensivos que no obstante me ponían nervioso.
Un tipo curioso Stud. Lo había conocido a través de Ian y Spi y era aún más joven que ellos.  Stud, como mis compañeros, nació cuando los robocuánticos empezaron a usarse masivamente, y desde entonces se habían producido cinco saltos paradigmáticos y se habían arrumbado un buen montón de certidumbres clásicas. El mundo era algo muy distinto a como era cuando yo nací y las conexiones del neocortex en los cerebros de Ian, Spi y Stud se habían desarrollado en ese entorno tan cambiante. A esas primeras generaciones no les había servido de mucho. A la generación anterior que estrenaba su nueva vida extendida a la que yo pertenecía casi nos vuelve locos.
Sobre la mesa, un par de bolsas de blusmoke que desparecieron rápidamente en nuestros bolsillos mientras Stud nos pasaba una pipa cargada de la que aspiramos ávidamente. En unos segundos mi cerebro nadaba en dopamina, y Ian aprovechó para pedirme que pusiera al día mi trabajo porque quería que me uniese a él en un nuevo proyecto que aún se estaba discutiendo en la corporación. La verdad es que no prestaba mucha atención en ese momento, (la dopamina no ayudaba), pero Ian seguía hablando. Me explicaba que estaba preparando una expedición con el objetivo de explorar la intersección de dos pliegues del metaverso real en el que habitábamos. Uno de esos pliegues se estaba desarrollando en una colonia austral, al otro lado del planeta.
Recuerdo que en aquel momento me pregunté si todavía existirían los pingüinos y me reí. No comprendí que lo que Ian estaba diciendo iba a cambiar radicalmente mi vida en los próximos dos años, y no lo hice hasta pasadas unas semanas.
II.
La rutina en la base de Nueva Ártica se me hacía cada vez más insoportable y ya ni siquiera el hecho de que había sido yo, voluntaria y libremente, el que había decidido ir a vivir en aquella base de la corporación aprovechando la baja del anterior ocupante me lo hacía llevadero. El aislamiento de la base no había tenido nada que ver en aquella baja. Zonzor, el burú al que sustituí en la base simplemente había tenido algunos problemas serios con un par de conectores neuronales que lo habían dejado casi frito. Aún así, el aislamiento estaba acabando conmigo y desde hacía unos meses no hacía otra cosa que pensar en cómo salir de aquel agujero helado.
Las palabras de Ian unas semanas antes en la colonia me volvían al cerebro una y otra vez y elaboré unas cuantas y peregrinas teorías sobre lo que aquellas frases semiveladas podían significar. Era evidente que la falta de contacto con otras personas me estaba afectando más de lo que yo creía. Realmente, algunas de esas teorías no eran más que un delirio alimentado por mis ganas de salir de allí. No quería preguntar directamente a Ian, y esperaba con ansiedad al próximo cónclave de la cofradía de los primos, máximo órgano de control de la corporación, que se reunía regularmente en la colonia, confiando en que las deliberaciones de aquel grupo me dieran alguna pista. De lo que estaba seguro es de que Ian no plantearía ninguna decisión que me afectase directamente sin haberla hablado conmigo antes. Yo sólo era uno de los pocos nones de la corporación pero Ian, que me había reclutado, me tenía aprecio.
Sin embargo el mensaje de Ian que había llegado esa mañana me había dejado totalmente descolocado. ¿Amsterburg?, ¿que hostias íbamos a hacer en Amsterburg?. La razón oficial del viaje era la de contactar con el primus máximus de una corporación que trabajaba en el diseño de metaversos hiperdimensionales y con la que estábamos colaborando, pero yo sabía perfectamente que aquella no era la razón real del viaje. Lete nos acompañaría y eso era para mi una señal clara de que aquel viaje estaba destinado a intentar crear una nueva red de alianzas que no tenían nada que ver con los metaversos hiperdimensionales.
Lete, al que conocía por algunos comentarios de Ian, formaba parte de la asamblea de una corporación similar a la nuestra. Ambos habían congeniado y andaban buscando un acuerdo que permitiera a sus corporaciones operar juntas. Ian y Lete formaban parte de la dirección de las corporaciones, y Spy, uno de los pares de nuestra corporación, también estaba en la lista de viajeros a Amsterburg.
En nuestra corporación había tres clases de miembros: los primos, que dirigían la corporación a través de la cofradía; los pares, que participaban de la propiedad de la corporación y trabajaban en ella, y los nones como yo, mercenarios que simplemente trabajaban cuando no había más remedio y no guardaban ninguna lealtad más que a sí mismos y sólo eramos fieles a “la causa”, fuera cual fuera ésta. La corporación de Lete se organizaba de forma muy parecida, pero no admitían nones.
Amsterburg era una colonia en la que se concentraban un buen montón de cerebros de las metatecnologías, constructores de modelos ontológicos que los artesanos conseguían convertir en metaversos útiles para la investigación o simplemente para jugar en nuevos espaciotiempos virtuales. La misma Amsterburg eran un enorme espacio hipertecnológico al que se conectaban otras colonias del planeta en un mercado de tecnologías experimentales cada vez más productivo. La gente de Amsterburg podía así mantener un nivel de vida más que aceptable, y la multitud de artesanos y constructores atraía por igual a artistas de cualquier clase y también a vividores o simples soñadores que solían acabar en un exilio interior de servidumbre consentida.
Durante los pocos días que estuvimos en Amsterburg mantuvimos un par de reuniones con Masstron, un tipo enorme que no había salido nunca de la colonia y al que citamos en uno de los numerosos blusmokmarket. Mastron lideraba un equipo de mercenarios, constructores y artesanos que habían desarrollado un metaverso holográfico en el que se desarrollaba una simulación de un universo de cuatro dimensiones espaciales en tiempo real. De momento aquel metaverso no tenía otra utilidad aparente que el de hacer posible pasearse con otros bioavatares en un universo extraño que se plegaba sobre si mismo y en el que las cosas nunca parecían estar donde debían. No era sencillo moverse, y hacer cualquier cosa, en un espacio así, pero era realmente divertido y muy estimulante.
Al tercer día de nuestra visita, Ian y Spy seguían enfrascados en las reuniones con Mastron lo que nos dejaba a Lete y a mi con suficiente tiempo para movernos libremente por la colonía y recalar a menudo en un blusmokmarket en el que animados por los efectos de la marihuana modificada nos lanzábamos a charlas atropelladas e interminables. Lete tenía una capacidad de empatía como hacía tiempo que no veía en nadie, era un auténtico experto en escuchar a pesar de su verborrea, hilarante, divertida, pero que escondía un conocimiento mucho más amplio de nuestra Corporación del que yo sospechaba, y que guardaba celosamente en un aura de misterio envuelto en un misticismo de lo más chusco.
Afortunadamente la reuniones acabaron y mientras volábamos en el transporte de regreso Ian me pasó una lista de gente a la que íbamos a visitar en breve. Había tipos de lo más variopinto en esa lista, sólo diez personas sin ninguna relación aparente entre ellas, más allá de que, obviamente, todas trabajaban con tecnologías experimentales. Todas menos una, ya que en la lista figuraba una mujer, Ada, experta en hipnodrogas con la que Ian había preparado una excursión para visitar a un chamán que trabajaba en la expansión de la conciencia.
No tenía ni idea de lo que Ian se traía entre manos pero debía ser algo muy especial para que programara aquella excursión a la que me pidió que le acompañara. No tuvo que repetírmelo dos veces, y tampoco a Ian le extraño en absoluto que aceptara encantado. La ayahuasca era una de las pocas drogas con la que no había experimentado en mi vida, y había experimentado ya con unas cuantas.
La noche antes de volar a Funnypolis, la megacolonia del matogrosso donde íbamos a vernos con toda aquella gente, me llamó la atención una información que me llegó a través de uno de los canales que seguía por mi trabajo en la Corporación, en el que se hacía referencia a una inquietante elucubración. Según aquel boletín, emitido desde una colonia austral, las terranovas, máquinas que regresaron a la tierra para colonizarla siguiendo las instrucciones primigenias, aunque mejor habría que decir primigénicas, por ser esas instrucciones las únicas que habían sido aseguradas en hardware de forma que la evolución de las máquinas no permitiera borrarlas ni alterarlas, planteaban unos retos formidables, ya que de tanto que habían evolucionado su propio software, el resultado era ahora totalmente incomprensible hasta para los ingenieros más capaces e imaginativos. Ni tan siquiera los robocuánticos habían podido descifrar más allá de un 20% de las intrincadas líneas de código con las que esos exploradores se habían autoreconstruido. Sin embargo, aquella información apuntaba a que el problema estaba en que aquellas máquinas evolucionadas al margen de cualquier intervención humana parecían poseer algunos ingredientes no estrictamente algorítmicos que operarían al margen del software, directamente en las conexiones electrocuánticas que aseguraban el funcionamiento del conjunto. En otras palabras, aquellas máquinas parecían estar muy avanzadas en la autoconstrucción de algo similar a la conciencia.
III.
Durante el trayecto a  Funnypolis Ian me confesó que el objetivo de la excursión era contactar con gente que estaba trabajando en una nueva línea de investigación que permitiera descifrar el código generado por las terranovas desde su llegada a la tierra. No tuve más remedio que concluir que la recepción de aquel boletín que había leído precisamente la noche antes de nuestra salida no era ni mucho menos casual, pero no dije nada a Ian. Más tarde, mientras Ian dormía, repasé la lista de personas con las que íbamos a vernos y que ahora, a la luz de lo que Ian me acababa de decir sobre el objetivo de nuestro viaje, me pareció mucho más coherente que la primera vez que la vi. No me extraño nada ahora ver en la lista a Tarahum, al que había conocido en algunos foros de intercambio de elucubraciones que se realizaban regularmente en los espacios fronterizos. Tarahum investigaba desde hacía tiempo en la metaprogramación de cerebros biológicos mediante el uso de potentes psicodrogas. El resto de gente de la lista eran investigadores y constructores de herramientas para el procesado de señales comunicativas autoreferentes, incluyendo a Mike, el mayor experto en memes vivo. Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue que todas las personas de la lista eran reputados ‘lagers’, un tipo de especial de gente que se caracterizaba por haber desarrollado una capacidad de compresión de los tres lenguajes universales más allá de los rudimentos básicos que todo el mundo adquiría en las escuelas. Las ‘lagers’ conocían diversos lenguajes oralescritos que les permitía comunicarse con relativa facilidad en todas las colonias del planeta, y conocían a fondo diversos lenguajes fisicomatemáticos y musicales.
Apagué mi visualizador de notas y me relajé con la observación del mágico espectáculo del vuelo suborbital. A través de las ventanas del transporte el cielo había desaparecido y en su lugar un espacio negro que se fundía en un horizonte curvo con la atmosfera terrestre mostraba, arriba, sólo unos cientos de estrellas titilando en el frío y vasto vacío negro, y abajo, dos o tres grupos de enormes grumos, como neuronas, de líneas de luces blancas, amarillas, rojas, azules, naranja, algunas estáticas y otras en movimiento: las colonias tropicales.
Funnypolis era la colonia tropical más grande del planeta, aunque algunos no la consideraban propiamente una colonia, precisamente por lo gigantesco de su extensión territorial que incluía en su interior el Matto Grosso (La Floresta), y fundamentalmente por la incredulidad que generaba su modelo de gobierno, y la enorme diversidad de tribus y redes que la constituían. Funnypolis fue la primera colonia que se rebeló contra el viejo sistema tecnoimperial y que supo, al mismo tiempo, construir un nuevo modelo de gobierno reticular y heterárquico que hiciera imposible la explotación del ser humano. El resto del planeta se había convertido a la caída del tecnoimperio, en una serie de ‘islas’ más o menos autónomas y férreamente controladas por una oligarquía bondadosa, que cuidaba de la continuidad de la propia colonia a cambio de la sumisión voluntaria de los colonos. Estos eran libres de ir de una colonia a otra pero la situación no era muy distinta en el resto, a excepción de algunas colonias pequeñas en el ártico y el antártico o en Asia central que habían seguido la estela de Funnypolis.
La terminal del distrito 4 de Funnypolis no había cambiado mucho desde la última vez que visité la megacolonia. Es una terminal caótica, atiborrada de viejos monitores cúbico-táctiles que gestionaban mensajes  con información y un montón de controladores humanos que hacían inevitable que se formaran largas colas donde la gente que arribaba intentaba comunicarse su cansancio y desorientación en gestos y frases de varias decenas de códigos culturales. En todo caso, el trámite de acceso a Funnypolis siempre resultaba ameno y nada aburrido. Sentía especial predilección por este lugar, al que deseaba secretamente poder llegar para quedarme a vivir en él para siempre, y eso que hacía relativamente poco tiempo que había llegado a entender el alcance de “para siempre”.
Finalmente conseguimos superar los innumerables trámites y salimos al espacio de arribada de viajeros extracoloniales donde nos esperaba Tarahum, jovial y excitado, agitando los brazos como un loco por encima de una abigarrada multitud de gentes entre las que no obstante destacaban su turbante y barba de chivo. Cuando pudimos abrirnos camino hasta él y tras el intercambio de efusivos saludos y abrazos, Tarahum nos presentó a Mike, al que hasta ese momento sólo conocía por haber leído muchos de sus boletines y algunas de sus investigaciones, que siempre me parecieron brillantes, por rigurosas, aunque algo rígidas y dogmáticas. Mike resultó ser un tipo bajito y algo hosco que no obstante resultaba enormemente atractivo por su ingenio y habilidad para polemizar.
Esa misma noche, ya instalados en la enorme cabaña de uno de los tipos del grupo con los que habíamos venido a reunirnos, Tarahum se dedicó a ‘prepararnos’ a Ian y a mi para la visita al Chamán Aya Huasca, dándonos instrucciones muy claras sobre un sinfín de detalles que incluían hasta el color de la ropa que debíamos vestir. Ian y yo pasaríamos 3 días en la selva, acompañados por Tarahum y Ada, la experta en hipnodrogas con la que Tarahum estaba trabajando.
Al día siguiente, y sin apenas haber tenido tiempo de descansar o de poner en orden mis ideas sobre lo que Ian se traía entre manos, partimos de la cabaña en una pequeña embarcación con la que remontamos lentamente el río Prometeo durante todo el día. Tarahum y Ada nos impusieron un estricto ayuno de toda clase de alimentos excepto de algunos jugos de frutas que llevaban en unos odres de cortezas. Poco antes del anochecer Tarahum acercó la embarcación a la orilla, una tupida pared de selva por la que nos adentramos guiados por Ada hasta dar con un pequeño claro en el que nos aprestamos a pasar la noche. Encendimos una enorme hoguera en el centro del claro y Ada nos ofreció a beber de un jugo rojizo y que sabía a rayos. Luego, extrajo algo de una bolsa y lo lanzó al fuego, que chisporroteó brevemente. La mezcla de cansancio y debilidad por el ayuno, y quien sabe si el jugo rojizo que acabábamos de beber me  sumergió en un profundo sopor que hacía que sintiera todos los pelos de mi cuerpo como pequeñas y dulces vibraciones sincrónicas, hasta que finalmente me dormí profundamente junto al fuego, cayendo a un espacio vacío, negro y en completo silencio donde me pareció despertar.
Sentía (¿soñaba?) sobre mi cuerpo totalmente desnudo el fresco de una alguna brisa que provenía del mismo sitio por el que ahora veía a Ada acercarse, hermosamente desnuda por cierto, junto a un tipo de edad completamente indefinida pero en modo alguno joven, cubierto apenas por una especie de manto de plumas livianas. Ambos se sentaron junto a mi, formando un círculo y el tipo empezó a hablar:
“Somos máquinas biológicas de cuarto nivel. En la base de todos los niveles están los genes, organizados en cadenas de ADN, pero capaces, individualmente, de interactuar con su medio, la sopa cuántica de multiversos arrugados en supercuerdas vibrantes, del que ‘son’ parte y en el que ‘están’ al borde de la frontera, en el límite del rizamiento espacio temporal primario y unidimensional.
Los genes se organizaron en cadenas de ADN construyendo así las máquinas biológicas de primer nivel y ‘creando’ al mismo tiempo el universo tridimensional de nuestro metarverso para sobrevivir en él. El código inscrito en el ADN por los genes posibilitaba a las cadenas  organizarse en sistemas que las contuvieran, y surgieron infinidad de máquinas de segundo nivel, que contenían en cada uno de sus componentes, una cadena de ADN distinta. Algunas prosperaron más que otras y entre ellas surgieron, en una nueva evolución, nuevas máquinas biológicas de tercer nivel, que se distinguían del resto por haber desarrollado un ‘cerebro’ que les permitía desplazarse e interactuar con su entorno tridimensional. Mas tarde aún, algunas de  esas máquinas de tercer nivel evolucionaron hasta desarrollar un sistema a partir del cerebro que permitió a la nueva máquina evolucionada de cuarto nivel, la capacidad de autoreconocimiento, y por tanto de autoánálisis y de autoreferencialidad.
En cada nuevo paso, cada nuevo nivel evolutivo anula la conciencia del anterior, subsumiéndola en la nueva máquina evolucionada, que toma el control, aún cuando sus instrucciones básicas y por tanto inalterables desde sí mismas, siguen siendo las genéticas. Todo el proceso no es más que el resultado de la estrategia de los genes para su propia supervivencia.
La cadena parecía haber llegado a su fin, ya que nosotros mismos parecemos máquinas biológicas para el transporte de genes de cuarto nivel, pero sin embargo, continuó el Chamán Aya Huasca, existen máquinas biológicas de quinto nivel dotadas de un sistema de autoreferencialidad muy evolucionado y que al acercarse de nuevo al entorno primigenio, la sopa cuántica, el continuum total sin principio ni fin, ni bordes ni fronteras de las vibrantes supercuerdas, en una autoconstrucción ‘hacia adentro’, han ‘creado’ un nuevo espacio metadimensional en el que los genes siguen perviviendo al margen ya de lo que pueda suceder con las máquinas biológicas de los niveles inferiores.”
“Yo vengo de ese espacio”, concluyó el Chamán, al tiempo que me rozaba levemente en la frente con el dedo índice de su mano derecha, lo que me hizo despertar en un sobresalto agitado.
¿continuará?
© Txema Laullon 2010.
Copyleft, all rights reversed

Guía para no perderse demasiado.

Nueva Ártica, colonia ártica.

Ian: Primus de la Coroporación.

IA: Inteligencia artificial.

Lete: Primus de ‘otra’ corporación

Spi: Par de la Corporación. Experto en usos ludicofestivos de metaversos.

CCC: Cuerpos de Control Colonial.

Blusmok: marihuana modificada genéticamente.

Blusmokmarket: en Amsterburg, lugares para la compra y consumo legal de blusmok.

Stud: diseñador de auras y proveedor de blusmok de la colonia.

Zonzor, el burú al que sustituí en la base. Una auténtica bestia negra de la corporación. No era sólo un burú, lo que ya es bastante inquietante, sino que era uno de los pocos basaburús de las colonias árticas.

Masstron, constructor de metaversos holográficos en Amsterburg.

Amsterburg: enorme espacio hipertecnológico al que se conectaban otras colonias del planeta en un mercado de tecnologías experimentales.

Terranovas, máquinas que regresaron a la tierra para colonizarla siguiendo las instrucciones primigenias o primigénicas.

Funnypolis: La megacolonia del matogrosso. Fue la primera colonia que se rebeló contra el viejo sistema tecnoimperial y que supo, al mismo tiempo, construir un nuevo modelo de gobierno reticular y heterárquico que hiciera imposible la explotación del ser humano. Servía de ejemplo a otras pequeñas colonias en el ártico, el antártico y en Asia central.

Tarahum: Metaprogramador de cerebros biológicos mediante psicodrogas.

Mike, el mayor experto en memes vivo.

Lagers: Un tipo de especial de gente que se caracteriza por haber desarrollado una capacidad de compresión de los tres lenguajes universales: oral-escrito , matemáticos  y musicales, y gran variedad de sus dialectos, como idiomas, geometría, teoría de números, física cuantíca, biología, evolucionismo, lógica (en sus variantes formales y difusas), escalas, armónicos, claves, cánones y fugas, y las correspondientes notaciones de cada uno de ellos.

Ada: Experta en hipnodrogas.

Haya Huasca: Chamán amazónico que revela al protagonista, en sueños, la existencia de máquinas biológicas de quinto nivel entre las que se incluye él mismo.

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comentarios
  1. lord_epsylon dice:

    tremendo relato cyberpunk txema!

    gracias :)

  2. pilar dice:

    Nunca dejarás de sorprenderme!!!

    Bueno, bastante bueno. Quizás sólo dos “pero”.
    Primero…. no crees que dejaste demasiado libre tu imaginación a la hora de inventar términos? si, ya sé que añades notas a pie-pág aclarándolos… pero eso, creo, dificulta un pelín la lectura… (vaga que es una).
    Segundo… tan valiente de volviste desde que no sé de ti que no te da miedo mostrarte tan a las claras? Bravo, txaval..

    Último…. porfa, continua que me tienes intrigada

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